Triste, muy triste noticia para volver al blog. Se nos ha ido Lothar Siemens.

Querido Lothar,

siempre es tarde cuando se escriben estas cartas. Supe de ti desde pronto, desde que comencé a interesarme por la musicología, y veía en tus textos los mundos secretos que están entre las partituras y que sólo algunos consiguen adentrarse en ellos, y Rosario, en sus clases, nos hablaba de los proyectos que tenían entre manos juntos. Te imaginaba como un señor serio, de estos eruditos que ven desde arriba a los pobres inexpertos que comenzábamos. Esa imagen se evaporó pronto, cuando tales inexpertos me contaron la atención que dedicaste siempre a la gente joven, a lo nuevo, a lo rompedor. Quizá porque tú nunca dejaste de ser joven, nuevo, rompedor, y siempre representaste lo que para mí implica la figura del intelectual: el que no se cansa de mirar, de escuchar, de preguntar, de aprender. Te puse cara y sobre todo sonrisa en el Festival. Aunque tú ya te sabías la lección, estabas allí en primera fila en todas mis charlas, con la mirada cómplice, y me animabas, y me decías que siguiera, y comentábamos algunos de mis chascarrillos. Te lo dije, que tu palmada en el hombro había sido fundamental. Cuando tuve aquella gripe en Fuerteventura, que te llamé para hablar un rato, me dijiste que me tomara Frenadol con el cariño de los abuelos a los nietos, aunque se acaben, prácticamente, de conocer. Y yo, que creo poco en estas cosas, me tomé el Frenadol porque me lo dijo Lothar. Ese es el último de los secretos que me contaste. Ya me habías dicho muchos a lo largo de tus letras -quizá sin tú saberlo muy bien, como lo hacen todos los maestros-, de tu pasión, de hacernos escuchar música que había permanecido silenciada. Hablamos de recuperar unas sonatas para violín que tenías en casa. Te dije que cuando acabase el festival iría a por ellas, pero todo pasó muy rápido. Todo, incluso lo inesperado. Aún no lo puedo escribir sin que no me tiemblen los dedos. Pero me quedo con algo. Siempre nos has dado energía, nos has dado ejemplo, nos has dado fuerza. Nos diste compromiso, nos abriste un camino fundamental. Nos pediste que nunca nos rindiéramos, que es la clave para acercarse a algo así como la libertad. Yo no sé si existe el cielo o algo parecido, tampoco es el momento de divagaciones teológicas. Pero si existe, quiero que te reciba sin miedo, luminoso, como el de Fauré o que, como Siegfried, entiendas sin mediación el canto de los pájaros.

Te espero -y sé que te voy a encontrar- entre las notas, Lothar.

Marina