“Ella viene de una isla que quiso construir el paraíso” (Zoé Valdés)

Hoy acaba el festival. Quiero escribir esto en caliente, que es como salen las palabras más sinceras. Las reflexiones me las guardo para el frío. Ahora, después de este mes tan intenso, donde he vivido tanto que es imposible meterlo en unas cuantas líneas, y de los meses preparando el blog, que me ha dado muchas alegrías, sólo se me ocurre dar las gracias, aunque ya nos suene a un término vacío. Evidentemente, a quien creyó en mí para hacerme cargo de esta parte de divulgación musical. En verano, durante un curso en el que coincidí con Fernando Palacios, uno de los grandes en esta materia en nuestro país, le pregunté cómo podía llegar a ser como él de mayor. Me dio varios consejos que he tomado muy en cuenta, pero que en ese momento no me imaginaba que podría utilizar inmediatamente.

Creo profundamente en la necesidad de la pedagogía musical. He visto cómo se pueden abrir oídos y quitar prejuicios, cómo las creencias sobre la música son rápidamente puestas en cuestión si articulamos herramientas para repensarlas. He tenido la ocasión de guiar un curso llamado “Nuestro mundo sonoro”, tanto presencialmente como online. Presencialmente, algunos de los asistentes vinieron al final de alguna sesión y me dijeron “¿sabes que me he pasado esta última semana escuchando a Ligeti? Estoy fascinado”. En el curso online, escribimos durante horas sobre la relación entre esa música “rara” que surge en el siglo XX, que es en realidad una profunda reflexión sobre la tradición occidental que nos ha llegado como herencia. Nadie sin una discapacidad es incapaz de abrir los oídos, nadie tiene menos talento para la música. El problema es que en nuestro país se ve como “maría” en los colegios o se entiende como mero entretenimiento. O, lo que es peor, como un “bien cultural” que preservan unos pocos y otros lo consumen sólo cuando existen espacios para ellos. Yo, que he estudiado música toda mi vida (no recuerdo mi vida sin música, de hecho) y nunca fui una gran promesa de la interpretación (por no decir lo contrario), también he tenido que empaparme de grandes divulgadores y pedagogos musicales para entender la complejidad de la música. Es decir, la pedagogía musical no es sólo para “legos”, sino también para “entendidos” (sea lo que sea eso).

A mí, por formación  académica (estudié y me siento profundamente vinculada a la filosofía), siempre me gusta explorar la música como una forma de conocimiento. Creo que la música nos habla sobre cosas fundamentales de la existencia y que abre un lenguaje no reglado (como el cotidiano) con una capacidad expresiva absolutamente distinta al habitual. Creo en aquellas frases de Adorno, el filósofo sobre el que hago la tesis, que dice:

«quien comprendiera totalmente por qué Haydn doble en piano los violines con una flauta podría columbrar por qué hace miles de años la humanidad renunció a comer trigo crudo y horneó pan o por qué alisó y pulió sus utensilios» o «quien en Beethoven no perciba la emancipación burguesa y el esfuerzo de síntesis del Estado individuado; en Mendelssohn la reprivatización renunciante del sujeto burgués común y anteriormente vencedor, en Wagner la violencia del imperialismo y el sentimiento catastrófico de una clase social que no ve nada más ante sí que la fatalidad final de la expansión: quién no se percata de todo eso ignora no solamente como especialista empedernido la realidad de la que está entretejida la música y a la cual ésta reacciona, sino también a su propia implicación; hace oídos sordos a su sentido y la reduce a ese juego de formas retumbantes y en movimiento».

He visto, durante este mes, cómo una cantidad de personas, de todo tipo, me han dicho que no sabía que la música contaba historias, que nos habla de cosas muy cercanas a lo que somos. El mérito de haber despertado la curiosidad por entender la música no me lo adjudico de ninguna forma, sino que creo que es fundamental pensar porqué se nos oculta algo que, desde mi perspectiva, es esencial para que la música deje de ser un mero entretenimiento, algo de fondo que nos ponemos para relajarnos. Si algo he querido con todo este trabajo ha sido eso: desencajar el concepto de música como algo simplemente bonito.

Doy las gracias por una llamada que me dijo que si quería apuntarme a este proyecto, a la confianza que puso en mí, en el viaje a Ayacata, a entrevistar a Juan Hidalgo (la segunda parte saldrá en breve…), los once mil ojos que me chivan las estadísticas que han leído las líneas que he escrito, los comentarios en las redes que me han dejado enmudecida -y eso que hablo por los codos-, todas las personas que han venido a las charlas, que me han contado sus impresiones, su relación con la música, sus dudas, sus preguntas, que nos han acercado al equipo del FIMC opiniones sinceras, porque todos ellos representan  lo que no se capta en los artículos de periódico ni en la prensa en general, gente emocionada ante las bandas, queriendo ser aquellas baquetas de Libertadores o los clarinetes de los conciertos, flipando en colores con Barboza y Patchwork o los mosaik, cerrando los ojos y metiéndose en su mundo interior con Ravel, Debussy, Purcell, Durón, Mozart, Dvórak, Elgar o Schönberg, bailando con el pie con Stravinsky y Bartok, colándose en un cuadro de Goya en Goyescas, queriendo más a los autores canarios cuando escucharon Chamán, Targo, Dies Irae, Nua Perhaps, llorando con gran emoción viendo que por fin se homenajea a Juan Hidalgo -aunque aún queden muchos homenajes por hacerle: el primero, darle el valor que merece a su obra-, a las mujeres que me dieron caramelos cuando estuve con tos, a quien me preparó una sopa cuando tenía mucha fiebre en Fuerteventura, por ese arroz negro que sabe a gloria -aunque lo más importante sea la fortuna de poder comer mirando al mar y en buena compañía-, por algunos momentos mágicos de backstage (sobre todo para alguien que ha trabajado como azafata en el auditorio, trabajadores que se consideran por mucha gente como el último mono al que se les puede decir de todo pese a que no tengan poder para modificarlo), por las confidencias, por conocer mucho mejor lo complejísimo que es montar un evento de este calibre, por la generosidad de tantos, artistas, público, amigos, por tantas risas y complicidades, a todos los que me han dado consejos para mejorar (es que cuando me emociono hablo muy rápido), a los que se han animado a escuchar música que no es la que habitualmente escuchan, a veces porque les insistí, a veces porque se tomaron en serio el Leitmotiv subterráneo de este festival, que consiste en entender la música como un elemento transformador, a todo el equipo de trabajo que se ha dejado la piel para que esto fuera posible. Tú, tú, tú, tú y tú (y nadie más que tú): gracias por vuestro sí.

Y para los del no (que casi nunca fue constructivo). Hay una frase que se atribuye a Einstein y que a mí me guía siempre: “debo dar gracias a aquellos que dijeron no: gracias a ellos lo logré”. Los noes también son fundamentales, porque me ayudan a mejorar y, cuando no lo supe hacer, a saber porqué y dónde estuvo el problema, o a reafirmarme en mis creencias. Los noes han conseguido algo que creo impagable: ayudarme y ayudarnos a no rendirnos. Me dedico desde hace años a un filósofo que escribió algunas de las líneas fundamentales sobre la negatividad (Th. W. Adorno). Él me ha enseñado a utilizar el no como lo aún-no, como lo por-venir. Así que gracias a ellos, seguimos en el camino de lo todavía-por-llegar, en el camino de la utopía. Quién se lo iba a decir a ellos.

A los del sí y a los del no. A todos ellos: gracias.

[Durante los días del festival, he estado escuchando a ratitos con bastante entusiasmo a Hans Krása, un compositor que escribió mucha música en el campo de concentración de Theresienstadt. Quiero compartir con ustedes este gran descubrimiento]