Yo no me podía esperar que una orquesta tan pequeña en comparación con otras formaciones que se encuentran por ahí tuviese ese sonido. He visto orquestas -especialmente para interpretar a Mahler- con ocho contrabajos que no se oían más -ni mejor- que los tres que forman la Mahler Chamber Orchestra (MCO). El pasado 7 de enero en Tenerife y ayer en Gran Canaria la MCO abrió el FIMC. Y lo abrió de una forma inédita hasta ahora: con una obra de un compositor canario, Gustavo Trujillo, Chamán. Me quedo con tres cosas de la interpretación de la misma: un profundísimo sentido constructivo demostrado por Jakub Hrusa, el director a cargo -por primera vez- de la MCO, en el que se destacaba ese tema con variaciones que es la obra (un desarrollo constante del tema presentado tímidamente primero en la flauta y luego, con rotundidad en las trompas al inicio de la pieza); el delicado trabajo dinámico, especialmente una pieza en la que es fácil dejarse llevar por los forte y fortissimo sin recaer en los matices; y, por último (aunque podría hablar y hablar, o escribir y escribir -si siguen el blog ya saben mi tendencia a extenderme…-), las sutilezas en el trabajo de las disonancias. Especialmente en el choque entre clarinetes y flautas, no resultaba estridentes o chirriantes (con lo que no tengo ningún problema, ¿eh?) sino que aportaban un telón de fondo, un color delicioso para la trama principal, que pasaba del viento metal a la cuerda. Yo, que sólo había escuchado para preparar mis notas esta obra en un mp3  (¡Gracias Gustavo por pasármelo!) de pronto se me abrió la obra a múltiples planos. ¡Y fíjense! Pese a que había algún que otro recelo en la prensa con eso de empezar con una obra de ¡2008! y de un ¡compositor canario! el público no aplaudió en ninguna de las islas, por mera educación. Allí había entusiasmo. Eso demuestra que no siempre los críticos damos poco en el clavo con los gustos de la gente.

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La siguiente obra que sonó fue el Concierto de violín n. 1 de Prokofiev, interpretada por Frank Peter Zimmermann. En este caso, Zimmermann encaró el concierto de forma distinta en cada isla. En Tenerife fue más delicado, más preciso. En Gran Canaria optó por un color más rudo, más sucio, más concentrado en el carácter rítmico que en el melódico (a veces se dejó llevar tanto por este impulso rítmico que el pulso se desequilibró en el segundo movimiento con respecto a los vientos madera). ¿Cuál de las cosas atrapa mejor el contenido de la obra? Como no creo que haya un único contenido, creo que ambas, como si fueran caras de un cubo, aportan aire fresco a la partitura. En algunos casos, como el segundo movimiento, en el que el sonido de violín deja de lado su color tradicional, funciona a la perfección la rudeza. En lo melódico que, a mi juicio, es como un canto del desesperado en este concierto, pues es una pregunta en la que el solista se detiene y enreda como una espiral, quizá funciona más un color más dulce, aunque sea la dulzura del que se sabe que sólo lo es para sí mismo. En el concierto, la orquesta destacó más que en el resto del programa como chamber, como orquesta de cámara: la conexión entre el solista y la orquesta era total. La crítica a las relaciones jerárquicas que funda la filosofía de la MCO -que es una orquesta que funciona de forma asamblearia- se vio también en la forma de tocar, en la que el director era una extensión de los instrumentistas. El único pero se lo pongo al bis del solista, que se la jugó con un arreglo de un estudio para piano de Rachmaninov para violín. Muchas partes eran a dobles cuerdas (es decir, cuando se tocan dos cuerdas a la vez simulando un sonido polifónico en el violín) y muchas de ellas octavas. No estuvo muy fino en afinación y eso deslució la pieza. Peeero no lo suficiente como para eclipsar esa versión del Concierto que es como para no olvidar.

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Tras la calma de la pausa no llegó la tormenta, sino el sonido pastoral de In Nature’s realm Naturaleza de Dvorak. Quizá es que yo estoy muy deformada por mi propia lectura de la obra, pero me dio la sensación de que el “tema de la naturaleza”, que es el anuncian parcialmente las cuerdas y luego la flauta y, finalmente, toca entero el clarinete, se volvía principal, eclipsando al segundo tema y convirtiéndolo, en realidad, en una especie de preludio largo para retomar, al final del movimiento, el tema de la naturaleza engrandecido. En Tenerife, Hrusa optó por una interpretación irónica y burlona  del segundo movimiento o la segunda obertura, Vida Carnaval, donde fue especialmente brillante la preparación del lento intermedio, del cual me costó recuperarme al volver al tema inicial en fortísimo. El concierto terminó, en Tenerife, con un Otelo un poco desabrido después del excelente Carnaval. En Gran Canaria, sin embargo, Otelo fue la guinda del pastel, con un minucioso trabajo de la sonoridad en el viento madera y una mejor construcción del diálogo viento-cuerda, fundamental en la pieza. De nuevo, el tema de la naturaleza, que aparece en las tres oberturas, fue preparado con mucha delicadeza. Creo que Jakob Hrusa, de la misma manera que como yo lo defiendo, ve en este tema no sólo el hilo conductor, sino también la base material en la que se basan las tres obras. En la rueda de prensa que hubo en el Teatro Leal el día 5 de enero, Hrusa señaló que Dvorák solía interpretarse con un carácter demasiado romántico y que él, como checo, quería destacar el aliento local del compositor. Yo no tengo muy claro de si logró superar ese sabor romántico, pero desde luego no fue una interpretación vulgar ni poco meditada.

En cualquier caso, la MCO trajo aire fresco. He visto grandes orquestas, que llenan más rápidamente escenarios, tocar sin ganas y sin ánimo. No diré cuándo, pero en ocasiones he visto a muchos músicos de ese tipo de orquestas bostezar. Evidentemente, estas grandes orquestas garantizan un buen concierto, afinado, correcto, solvente. Pero es que eso, en la era en la que estamos donde las grabaciones (como nos enseñó Glenn Gould) ya pueden superar al propio concierto en calidad acústica, tocar correctamente no basta. Algo me tiene que hacer recordar porqué salgo de casa y me voy a ver un concierto. Quizá es que eso de “gran orquesta” ya no reside en una fama abstracta. Para mí, a partir de ahora, la MCO es grande, pese a ser “chamber” y pese a contar entre sus filas con unos músicos jovencísimos. O quizá es precisamente por eso que nos ha hablado de una forma diferente de hacer música.

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