“Porque no engraso los ejes, me llaman abandonao. Si a mí me gusta que suenen, pa’ que los voy engrasar. Es demasiado aburrido seguir y seguir la huella (…) Los ejes de mi carrera nunca los voy a engrasar”

Atahualpa Yupanqui

Se supone que el día antes del día de autos no se puede hacer campaña. Pero como esto no es una campaña -y si así lo ha parecido, por un instante, ruego disculpen la torpeza de esta que escribe-, pues me voy a tomar todo el derecho de reflexionar en voz alta un día antes de que comience el Festival de música de Canarias.

Hay algo que se ha puesto en juego en los últimos meses: el FIMC ha vuelto a ser un tema de debate en la prensa. ¡Tranquilos/as! No me voy a poner a discutir sobre los pormenores de estas discusiones (mucho de lo que tenía que decir lo dije aquí). Pero hay dos cosas que me gustaría extraer: por un lado, lo interesante que resulta que el FIMC sea tan polémico como para que vuelva a ser tema desde el que reformular el modelo económico y cultural que se mantiene en Canarias (pues el FIMC no es sólo un festival, sino una declaración de principios). Por otro lado, que el FIMC aún no sean tan debatido entre algunos sectores de la sociedad. A pocos días de comenzar el festival, algunos jóvenes  (al menos biológicamente) conocidos me decían que no tenían ni idea de lo que era el FIMC y que no les importaba lo más mínimo. Ni, claro, toda la polémica que ha conllevado. Siguen sin sentirse parte de este proyecto cultural ni de nada relacionado con la música “clásica”.

¿De quién, para quién y qué es el FIMC? ¿Cómo se constituye como herramienta social? Y, lo que a mí más me importa, en términos generales, ¿cómo puede ser la música un instrumento del cambio? Les he comentado de forma velada a lo largo de mis textos de este blog que la música no debe ser un mero bien cultural que conservar como si estuviera en formol, sino que hay que hacerse cargo de su contenido, de lo que aún nos cuenta al presente, de cómo nos troquela como sociedad. La música, de verdad, no es “bonita”. La música no debe sólo darnos “placer” de fondo, ni debe “calmarnos”. Tampoco debe ser una excusa para montar un evento cultural a su alrededor con el que dejarse ver. Un gran nombre no garantiza un gran concierto, como he explicado en numerosas de mis críticas (y eso, que muchas veces, la crítica musical se deja fascinar por la solera de los grandes nombres. Pero es que ¡a ver quién es el guapo que critica a Barenboim o a Yo-Yo Ma!). Comenzaba este blog con una cita de Ross en la que se nos pedía que rechazásemos ese modelo de la música como un consuelo curativo, como un spa para el alma. Todo eso lo pueden constituir y representar otras cosas, pero no la música si nos la tomamos en serio. Por eso, no me creo que haya melómanos/as a los que nos apetezca explorar nuevos lenguajes, nuevas posibilidades o revisiones serias de nuestra tradición. No me creo que alguien que nunca se haya enfrentado a la música “clásica” tenga tantos prejuicios como creemos que pueden tener y le guste, directamente, los pesos pesados del canon (las tres Bes: Bach, Beethoven, Brahms, o Mozart, etc.). No me creo que sea imposible atraer a más gente a este repertorio. Creo, simplemente, que debemos pensar qué se está haciendo bien y qué no. Y, sobre todo, darnos cuenta de la brecha generacional.

¡Ay, la brecha generacional, siempre tan pesadita, ella! Pues sí. No se trata sólo de que ahora los jóvenes estamos todo el rato twitteando, hashtageando, selfiando, etc. Sino que hay un profundo cambio en la recepción del estímulo: ¿por qué vamos a un concierto cuando existe youtube, spotify, soundcloud, etc.)? ¿por qué decimos que la clásica es cara cuando los conciertos de Justin Bieber y compañía (aunque también de Serrat o Silvio Rodríguez) cuestan sistemáticamente alrededor de 50 euros la entrada más barata? ¿Por qué los conciertos de música de cine y videojuegos están llenísimos y los demás no? Me temo que no es la música en sí misma. Sino que la música “clásica” carga con el peso del concierto del siglo XIX, en el que -de nuevo- la música no era lo más importante, sino el evento social. Primero, los pobres fueron excluidos. Cuando el criterio, ya bien avanzado el siglo XIX, no fue la clase social sino el bolsillo -es decir, que todo el que podía pagar la entrada era bienvenido-, se comenzó a excluir a los jóvenes. Bueno, también porque surgieron conciertos en los que la palabra orquesta se tomó en serio su etimología: “lugar para bailar”. ¿Quién quería ir a un concierto lleno de gente estirada si podían ir a una taberna a bailar  a ritmo de jazz, country, rock ‘n’ roll, etc.? ¿Y, por qué no, como proponía el punk, se hacían ellos mismos músicos -algo que, como el fenómeno Masterchef, se ha deformado hasta llegar a que alguien puede ser músico preparando un par de canciones a la semana que valora un jurado más o menos cuestionable-? Bien. Pues todo esto, en apariencia un mero capricho de juventud que terminaba “curándose” y hacían que los jóvenes fuesen futuros consumidores de clásica, dejó de suceder. Esos futuros adultos, cuando se convirtieron en ellos, siguieron yendo a ver a sus ídolos antiguos y nuevos. Algunos creyeron que los cantautores les hablaban de sus creencias políticas. Otros que aquel baladista les consolaba su corazón roto. Otros sólo querían bailar, les importaba poco si la letra era profunda. Etcétera.

¿Qué hay detrás de que haya gente que piensa que la música clásica es un rollo, que no entienden nada, que es dificilísima, o que es mucho menos interesante que el cantautor, el baladista o el cantante de música para bailar (que son muy interesantes, ¿eh?)? ¿Está en la música en sí misma o en la construcción social que se ha hecho en torno a la música, para que los modelos industriales de cultura pudieran contar con diferentes segmentos sociales para los que fabricar productos que diversificasen el consumo? (esta última frase, que es un poco liosa, se refiere a que nos sentimos muy libres y soberanos cuando “decidimos” qué peli ir a ver de la cartelera, pero no pensamos qué poco libres y soberanos somos cuando lo que hay para elegir es una selección muy muy estrechita de todo lo que se produce en el mundo, y que no por casualidad no hay cine armenio, ni ruso, ni turco, etc. Pues lo mismo con la música. No es casualidad que los éxitos de las listas sean los mismos que suenan una y otra vez de forma atronadora en todas las emisoras). ¿Hay que hacer una pantomima con el festival de Año Nuevo, donde el público se cree integrado porque aplaude y las obras son “cortas y agradables”, como piden las nuevas lógicas de los medios de comunicación, cuyas máximas son “información rápida e interactiva”? ¿Hay que hacer reír, como han propuesto algunos ensambles fabulosos? Es decir, ¿hay que hacer que la música sea, de nuevo, otra cosa, para que convenza? Quizá tengamos que claudicar. Yo creo que tenemos que ir a la raíz del asunto. Evidentemente, gran culpa la tiene la educación, donde se repiten los cánones de que la música “clásica” es incapaz de decirnos cosas. Pero otra parte de la culpa la tiene la actitud. En la guía ilustrada del FIMC la clave de clasificación es la pregunta: ¿Qué tipo de oyente eres? pero, sobre todo, ¿qué tipo de oyente quieres ser? Esta cuestión, que abre, en realidad, cómo nos enfrentamos a los fenómenos culturales, es la misma que nos tenemos que hacer ante cualquier evento, no sólo el FIMC. 

Aristóteles abre su Metafísica  diciendo que “Todos los hombres desean por naturaleza saber”. Y Kant retoma esto en su Sapere Aude (atréte a saber), que enseguida se adopta como lema ilustrado. Es decir, nuestra tradición del pensamiento nos estaba invitando a la curiosidad. O, dicho en términos más modernos, a ser activos en el conocer. ¿Por qué, entonces, la música, es un elemento de fondo, de entretenimiento, consolador? Es que acaso, nos creemos que no nos aporta conocimiento? Pues cuidadín:

[…]

tengo
miedo.
La música
ha ocupado mi casa.
Por lo que oigo,
puede ser peligrosa.
Échenla fuera.

“Estoy Bartok de todo”, de Ángel González

¡Hala! Y para terminar, les dejo esta pieza. Una obra hecha con sólo una nota. Porque lo simple puede ser muy complejo.