Hay una falsa creencia (bueno, en realidad hay muchas, como ya les he contado aquí) en el mundo de la música clásica: que una orquesta sinfónica per se es mejor que el resto de agrupaciones musicales. Muchas veces, los criterios para ir a un concierto no tienen nada que ver con lo que se sabe del repertorio o sus intérpretes, sino con la carga de prejuicios con los que se asiste: “me han dicho que es bueno”, “en la prensa decían que iba a ser un concierto único”, “Es que la orquesta de (poner lugar con buen presupuesto para cultura) siempre toca bien”. Conozco casos en los que el mismo concierto, con los mismos intérpretes, programado en la sala de cámara de un auditorio vendió la mitad de entradas que cuando se programó en la sala grande del mismo recinto pero acotando el espacio para que tuviera el mismo aforo que la sala pequeña. La gente creyó que “si iba a la sale grande, sería un concierto más importante”. También me he encontrado melómanos que no distinguen entre un violín y una viola (o “violín grande”, según su jerga) o desconocen las lógicas tímbricas de las diferentes agrupaciones. Que algunas agrupaciones se hayan rechazado diametralmente por no ser una orquesta sinfónica o un cuarteto de cuerda es algo que sucede a menudo y que no suele obedecer a criterios musicales, sino sociológicos. Las bandas de música están asociadas a la música popular y a las fiestas ídem. En el siglo XIX, los conciertos de música clásica habían comenzado a abrirse a un público distinto a la aristocracia y el clero, y los burgueses estaban encantados con poder llenar tardes y tardes con música y encuentros sociales. Para el vulgo estaban las bandas y los músicos callejeros y folklóricos. En el vulgo, por cierto, también estaban los que morían en las trincheras defendiendo unos ideales impuestos: las bandas acompañaban a los militares (¡desde tiempos del imperio romano, al menos!), aparte de para acompasar las marchas, como un eterno requiem mucho menos elaborado que los de Mozart y compañía. Pero, poco a poco, las bandas comenzaron a tener un repertorio que ya no se parecía a la música popular y a conseguir un sonido empastado (gracias a la modernización de los instrumentos), a imitar modelos que antes sólo estaban en lo orquestal. Gracias a la gran sonoridad y posibilidad de movilidad de los instrumentos de viento, las primitivas bandas comenzaron a ser utilizadas para eventos al aire libre (y no necesariamente populares): los viajes de Luis XIV iban acompañados por las melodías de una parte de su Gran Ecurie, formada por ¡10! oboes y dos fagotes para la que escribían músicos como Lully -esto es un ejemplo de cómo se lo montaba la monarquía francesa con los instrumentos de viento, que en aquella época aún bebían de la herencia mitológica, en la que las trompas, las trompetas, etc. eran llamadas a y de los dioses-;

…o la celebración de la victoria en Aachen del gobierno de George I, que motivó unos grandes fuegos artificiales, hizo que Haendel compusiera para instrumentos de viento (pero gusto tanto que luego puso las cuerdas) -les dejo sólo un fragmento-

…o el funeral de las exequias de la Reina Mary II de Inglaterra, para la que trabaja Purcell.

Desde el clasicismo, a los compositores ya no les quedaba ninguna duda: los instrumentos de viento tenían un color que les permitía hacer cosas distintas que con las formaciones habituales. Así que integraron poco a poco, como sonoridades protagonistas, a los instrumentos de vientos.

¡¡Sí, incluso Mozart!!

… Y Beethoven

Así que los burgueses y aristócratas se quedaron sin argumentos para decir que aquello era menos elevado que las músicas que sonaban en las Konzerthäuser del mundo. ¡Qué rabia, además, que a los teatros y auditorios cada vez con más frecuencia se dejaba entrar, simplemente, a quien se pudiera pagar la entrada, estuviese en el estrato social que estuviera! La música en las revoluciones del siglo XIX no dejó lugar a dudas de que algo estaba cambiando: el auge de las bandas, el posterior surgimiento de las pequeñas agrupaciones que dieron lugar al jazz, etc. despojaron a una clase social del monopolio de la música y empezaron a darle dignidad a aquella denostada por callejera o de taberna.

En fin: que criticar el mundo de lo no orquestal-sinfónico o lo no-cuarteto-de-cuerda es como decir que el teatro de Lope de Vega, que se interpretaba en corralas para clase popular no es bueno porque surge de un estrato inferior al teatro que se escribía para los palacios. Es cierto que las bandas han arrastrado un problema esencial para alimentar estos prejuicios: que, por esos complejos alimentados por las condiciones sociopolíticas, gran parte de su repertorio era una adaptación de lo orquestal y no siempre funcionaba a nivel tímbrico. Hasta que los compositores se empezaron a tomar en serio las diferentes posibilidades sonoras y tímbricas de las bandas. Escuchen, si no me crren, esta tétrica Hammersmith de Holst (Sí, el de Los planetas).

Hay instrumentos que suenan en las bandas que sólo raras veces las encontramos en las orquestas, como los saxofones (que, al igual que otras familias -como la voz-, se dividen por barítonos, tenores, contraltos y sopranos),

Saxofón soprano
Saxofón contralto
Saxofón tenor
Saxofón barítono

todos los tipos de clarinetes (fíjate en la boquilla)

Clarinete
Clarinete alto
Clarinete bajo

los requintos (que es como un clariente, pero más pequeño y con un sonido más agudo) -se puede equiparar, en función dentro de su familia de instrumentos, al piccolo en las flautas-

los fliscornos (que se parece a una trompeta),

Resultado de imagen de fliscorno

los bomnbardinos (parecido pero más pequeño a una tuba),

Les contaré un secreto: los/as intérpretes de viento y percusión tienen la fama (creo que ganadísima) de ser más fiesteros y tener más buen rollo que el resto (algo que confirman gente como los de Mucca Pazza, simpatiquísimos en los conciertos en una de las sesiones del tiny Desk de la NPR).

Creo que es cierto, pero no tanto porque haya una cósmica asociación de carácter, sino porque cargan con menos peso de tradición. Los/as miembros de las bandas fueron los primeros en romper con el hechizo del concierto super serio y de personas emperchadas que llegan, tocan y se van. Para algunos/as, rebajaron el nivel de la música. Yo lo que creo es que romper con una herencia tan larga, que afirmaba y legitimaba a las clases sociales pudientes y abrir las orejas a otras músicas no es siempre plato de buen gusto. Lo mismo sucedió con el punk, que demostró que cualquiera podía ser músico, porque la música había dejado de ser patrimonio, definitivamente, de un único estrato social. Aún estamos en esa lucha. Debemos pensar si no nos gusta la música de bandas porque nos cuentan una verdad sobre nuestro legado musical aún dolorosa de escuchar. Sólo reconociendo esto comenzamos a poner las primeras piedras en el camino para pensarlo críticamente. En música, lo único que deberia fundamentar el gustotendrían que ser argumentos musicales.

El FIMC les invita a sacar sus propias conclusiones sobre todo esto con conciertos de la Banda Sinfónica (si se llama sinfónica es porque introduce algún instrumento de cuerda, normalmente contrabajo y/o chelo para los bajos) Municipal de Tenerife y la Banda Sinfónica Municipal de Las Palmas de Gran Canaria. Apunta, apunta…

La banda canariona estará tocando el 30 de enero de 2017 a las 20.00h, en el Auditorio Insular de La Gomera, el 1 de febrero a las 20:30 en la Casa Massieu de Tazacorte, en La Palma y el 2 de febrero a las 20:30 en el Auditorio de Tenerife Adán Martín.

La chicharrera, por su parte, estará el 21 de enero a las 21 en Los Jameos del Agua , en Lanzarote, el 22 de enero a las 12:00h. en el Muelle de La Graciosa, el 23 de enero de 2017 a las 20:30 en el Palacio de Formación y Congresos y Auditorio de Fuerteventura y, por último, el 24 de enero a las 20:30 en el Auditorio Alfredo Kraus de  Gran Canaria.

¡¡Allí nos vemos!!

¡Les deseo un feliz 2017, con mucha música!