Si no has tenido ocasión de escuchar a las hermanas Katia y Marielle Labèque, no te las pierdas esta vez. Y si sí, tampoco. Son siempre garantía de originalidad y buen gusto. Apunta, apunta..

El 17 de enero estarán en el Auditorio Alfredo Kraus de Gran Canaria.
El 18 de enero estarán en el Auditorio Adán Martín de Tenerife. Ambos a las 20:30

Van a ofrecer un concierto íntimo no sólo por el formato (las acompañarán  a la percusión músicos de la Orquesta de la Radio de Francia), sino también por el repertorio.

En primer lugar, harán una adaptación de la Consagración de la Primavera de Stravinsky. Esta obra es fascinante. En 1913, cuando se estrenó, gran parte del público abucheó y la encontraron de mal gusto. Aunque lo que más molestó a los asistentes fue el ballet de la compañía de Diaghilev,  también  lo musical tenía mucho de trasgresor. Stravinsky, con esta partitura, se estaba enfrentando a toda la tradición musical y también a algunos tabúes de la sociedad burguesa. Ya el inicio, donde se le exige al fagot un sonido agudísimo (donde trata de imitar el dudki, una especie de gaita rusa), es una declaración de intenciones. Parece que nos dice: voy a estirar hasta hacer que se rompa la herencia que me ha sido otorgada. También la cuestiona por la presencia de la danza, central en esta obra (como les explicaré más adelante). Para una burguesía que hacía muy poco que había dejado de bailar valses vieneses, el ballet de La Consagración, que explora los límites del cuerpo, la sexualidad y el éxtasis era un escándalo., un insulto a los recatados morales de la época, en la que lo corporal aún no se había puesto sobre la mesa como tema: hasta entonces sólo se habían dedicado a pensar en el espíritu (desde Platón, que dijo aquello de que el cuerpo es la cárcel del alma…). Les dejo las dos versiones para que cuando tengan un ratejo le echen un oído. En el arreglo para dos pianos se pierde el color de los diferentes instrumentos, pero se destaca la construcción armónica.

Pero ¡ojo! En realidad Stravinsky no quería ser tan tan moderno, aunque los primeros oyentes de aquel estreno no lo vieron tan claro. Él se inscribe en un marco en el que salirse de la tonalidad y de la forma estaba “permitido” si lo que la música expresaba era algo extraordinario, divino, demoníaco, relativo a seres imaginarios, etc.

Escucha el comienzo de La Creación de Haydn, que para ser una obra clásica, que son normalmente ordenaditas y muy claras a nivel estructural, la indeterminación inicial nos suena modernísimo. Pero claro, si al inicio se quiere representar el caos del universo para poderlo contrastar con el orden divino, hay que crear incertidumbre en lo musical. Si se dan cuenta, la música poco a poco se va “ordenando” y vemos como emergen las melodías y, sobre todo, las frases que las organizan. En el minuto 8:33 Haydn le concede al oyente una explicación de aquello. Pero fíjate desde el 10:50 y, especialmente, en 11:03. Ahí empieza realmente la obra. ¿No es increíble? En 1798 esto era aún un shock sonoro. Aunque, como Haydn ya era un reputado compositor y la música es una delicia, fue un éxito absoluto. Tuvo la astucia de no decir muy abiertamente “ey, ey, que esto que estoy haciendo es muy nuevo”.

Lo mismo vemos en esta conocidísima pieza de Mussorgsky, donde algunos pasajes son inestables a nivel tonal y se prima dar esa sensación de inestabilidad, de intriga. Pero claro, ¿cómo si no con algo parecido se puede componer música para hablar de una reunión de brujas? Y aún estamos en 1867…

En 1876, en su suite Peer Gint (con su taaaan conocido inicio), Grieg traducía al lenguaje musical la aparición de troles que persiguen al protagonista.

Pero vayamos ya con Stravinsky. ¿De qué va la ConsagraciónStravinsky quería retratar un ritual pagano en Rusia. Lo interesante es que no hay una historia, sino que toda la obra es un puro presente. La obra se abre con unos jóvenes quietos que esperan en un monte. Una anciana se acerca y les comienza a instruir en los secretos de la naturaleza. Se aproxima el sabio y un grupo de mujeres. El sonido de la música les lleva a una danza cuyo desenfreno los lleva hasta el éxtasis. Hay una contienda con una tribu vecina. El sabio, finalmente, encauza las energías liberadas hacia la adoración de la madre tierra. En la segunda parte, una mujer es elegida para bailar hasta la muerte como sacrificio para el dios Yarilo. Así que esta parte, fundamentalmente, se concentra en esa danza y la muerte de la chica.

¿Se acuerdan que, hablando de Dvórak, les decía que había en música una tendencia a mostrar una naturaleza idealizada? Pues Stravinsky  critica musicalmente esta idealización y muestra la naturaleza en su crudeza. Unos años antes, el filósofo Nietzsche había caracterizado dos fuerzas que se da(ba)n en lo existente: la apolínea, es decir, el orden o la forma; y lo dionisiaco, la indiferencia entre forma y contenido, la unidad de la materia, el caos. A partir de ahí, muchos teóricos comenzaron a pensar si no hubo un momento en la historia de la humanidad en que, antes del desarrollo y madurez de la cultura, el ser humano y la naturaleza fuesen indistintos. Esto suena muy raro pero les pondré un ejemplo: considerar que, si se baila, lloverá más (creencia que se da en muchas culturas), representa, en realidad, la confianza en que las acciones particulares de uno o más seres tiene una relación directa con lo que sucede en la naturaleza, es decir, que hay una conexión indisoluble. Pero claro, llega la cultura y la ciencia, y se nos explica el funcionamiento de la lluvia, y dejamos de bailar (al menos por ese motivo). Pues bien, Stravinsky se sitúa en ese momento previo al surgimiento de lo cultural, a la tensión entre el mínimo ser humano y la fuerza total de la naturaleza. Ya no suenan pajarillos aquí o allá, sino que la naturaleza es una entidad de mucho mayor calado (piensen que las bondades o maldades de la naturaleza estaban asociadas directamente a deidades, como Zeus y los rayos). La brutalidad con la que Stravinsky muestra esto ha hecho que filósofos como Th. W. Adorno consideren que hay una identificación del compositor con los asesinos, dejando a su suerte a la víctima y justificando su muerte por un elemento abstracto, en este caso, la Primavera. Esto no  difiere, en realidad, de lo que sucede -por poner un ejemplo- en Los juegos del hambre, cuando la protagonista arriesga su vida por “el pueblo”; en Harry Potter, cuando él debe morir para librar del mal al “pueblo mago” o en Star Wars, cuando la fuerza se enfrenta al lado oscuro. Stravinsky, sin embargo, es más radical, pues ni siquiera se plantea la división entre el “bien” y el “mal”: eso ya es cultural. Está, como he explicado, un paso más atrás. El sacrificio “sucede”, no se “narra” (es decir, no se juzga). Por eso su música nos suena visceral, extrema. brutal. Disfruten del experimento de ir hacia atrás en la historia de la humanidad que, al final, es la de todos/as nosotros/as.