El 2 de febrero se homenajeará a Juan Hidalgo. Para ello, se hará un reestreno de su obra Tal vez/Perhaps (1998), a la que yo le recomiendo que vayan con los oídos bien abiertos y, si no entienden nada, se pregunten qué  preguntas nos está haciendo Hidalgo sobre nuestras creencias y convicciones sobre el arte en general y la música en particular.

Además, se interpretarán dos obras que a mí me parecen fascinantes. Primero, el homenajeado homenajea: la obra de Hidalgo está dedicada a Charles Ives, un compositor norteamericano que murió a mitad del siglo XX, y de él es la pieza que abre el concierto: The Unanswered Question [La pregunta no contestada] (1908: ¡Cuando se toque en el festival tendrá 109 años!)

Hay tres capas sonoras fundamentales. el sonido agudísimo en las cuerdas que da un ambiente intrigante: no nos da ninguna pista de por donde irá. Y se mantiene durante toda la pieza. El solo de trompeta es la segunda capa, que plantea la pregunta. Las melodías ascendentes que no resuelven en ningún lado es el recurso desde el barroco para imitar preguntas en música. Por eso, se suele decir que el Segundo movimiento del Concierto de cello de Elgar (de que hablaré la semana que viene…) se basa en tres preguntas iniciales que hace el cello. Lo interesante de la música es que nunca sabemos qué pregunta exactamente. La indefinición es su riqueza.

La última capa la componen los vientos madera, que glosan de alguna manera la pregunta de la trompeta. La lectura típica de esta obra, provocada por el mismo Ives, se dirige a pensar la “gran pregunta de la existencia” o algo así. Por tanto, se suele pensar que la cuerda representa “el silencio” previo al planteamiento de esta cuestión, al contexto de la reflexión. Literalmente, en el prólogo a la partitura, Ives señala que se trata del silencio de los druidas “que no ven, saben ni oyen nada”. De ahí que se mantengan, como si nada sucediera, durante toda la pieza. La glosa de la trompeta por los vientos maderas es, según Ives, “la lucha por la respuesta.

Bien, mi lectura de la obra es absolutamente heterodoxa y respeto poco lo que dice Ives, ya que considero que una cosa es lo que el autor quisiera con la obra y otra lo que se desprende de ella. Desde mi perspectiva, esta pieza es un canto por el mundo sonoro que se estaba abriendo estos años. Con Mahler, Wagner y Debussy, el mundo de la tonalidad, es decir, la ordenación jerárquica de los sonidos que condiciona lo melódico y lo armónico, que había servido de sustento más o menos desde el siglo XVII para la música, había comenzado a explicitar sus límites. Escuchen si no cómo se desarrolla la Novena Sinfonía de Mahler a partir del minuto 3:50.

Como vemos, la música ha dejado su suelo, ya no produce melodías que nos reconfortan, sino que siempre están en la búsqueda. Se ha perdido lo que se llama en música la “resolución”, es decir, donde se resuelven las tensiones. Escucha, para entenderlo mejor, lo que sucede hacia 1:30 en esta Sinfonía n. 41.

Bien, pues en Ives se nos plantean varias cosas:

  • que el silencio aún tenía que ser musical. Es decir, hasta John Cage y su 4’33” no se había tematizado la posibilidad y consecuencias de la radical ausencia del sonido en la música, cuando precisamente es su confrontación con el silencio lo que hace que la música exista. Es decir, el “silencio de los Druidas” no es tal. Nos recuerda, sin embargo, a los lugares en los que en la música tradicional se planteaba la representación de lo desconocido, como en Las estepas del Asia Central del compositor ruso Borodin. El sonido de los violines iniciales, hiperagudo, representa lo inhóspito de las estepas. Lo que hace Mahler en el pasaje que hemos escuchado antes también nos puede llevar a este mundo de lo desconocido.
  • ¿No podría, entonces, el sonido de la cuerda en Ives, hablarnos de eso? ¿De lo desconocido expectante? Para mí, la pregunta está ahí, y no en la trompeta.
  • En mi lectura, la trompeta es el sonido de la tradición que se une con las nuevas posibilidades sonoras, las que representan los vientos madera. El choque y diálogo entre ambas es, a grandes rasgos, lo que ha marcado el complejo siglo XX en música. Han convivido formas de hacer tradicionales (en compositores como Hindemith o Rajmáninov y también en la música pop en general, que sigue los patrones desarrollados en el siglo XVII) con las propuestas de las vanguardias. Lo interesante de la música de Ives es que se queda en el punto medio, en la tensión, no se decanta por una o por otra. Quizá porque no existe tal “blanco o negro”, sino que era consciencia de que la música, sobre todo, es expresión de problemas (y soluciones) de una época y, por tanto, escuchar música es encarar desde los oídos tales asuntos.
  • Este carácter misterioso y la tensión entre lo “tonal” y lo “atonal” lo vemos en la mayoría de sus obras a partir de aquí. Es canónica para entender este asunto su Sinfonía n. 4.(¡En la que, además, en el minuto 3:30 utiliza el mismo recurso de lo inhóspito en los violines!)

Momento #Postureo ¡Por cierto! Para quien no le convenza mi lectura de la obra de Ives, y vea más clara la lectura de corte trascendentalista, les dejo con otras tres obras representativas de  compositores contemporáneos que han seguido esta línea, donde fundamentalmente se busca un sonido limpio y la posibilidad que se albergaba en el canto gregoriano de alcanzar algo de lo divino en la música…

(si les interesa Vivancos, les invito a que lean mi artículo sobre su Requiem pulsando aquí)